Raíces


Donde todo empieza
El Cabo nace en el campo, entre surcos de tierra y manos que saben esperar.
Nace del gesto repetido año tras año, de una forma de hacer que no se aprende en libros, sino caminando junto a quien la ha vivido toda una vida.
José, el abuelo, nunca dejó de cultivar judías. Ni siquiera cuando llegó la jubilación.
Con más de 90 años seguía bajando al campo, observando la tierra, tocando la planta, sabiendo cuándo era el momento justo.
Fue él quien enseñó a su nieto Hugo a entender el ritmo de las estaciones, a respetar el tiempo de la alubia, a no forzar lo que la tierra no quiere dar.
Así, entre generaciones, nació lo que hoy conocemos como El Cabo: una herencia viva que se sigue cultivando.
Quatretonda · Tierra de alubias
El Cabo está unido a Quatretonda, a la Vall d’Albaida, a una tierra fértil y discreta donde la agricultura siempre ha marcado el carácter de su gente.
Aquí el campo no es paisaje, es oficio. Y las alubias forman parte de una tradición silenciosa que hoy casi ha desaparecido.
Variedades como el garrofó, la deladaxa, la moruna o la judía plana han crecido durante generaciones en estas tierras, adaptándose al clima, al suelo y al saber hacer local.
No son cultivos masivos ni constantes. Son productos de temporada, que llegan solo cuando la tierra está preparada, entre septiembre y noviembre.
En Quatretonda, cultivar alubias frescas es un acto de resistencia.
Una manera de seguir haciendo las cosas como antes, sin atajos, sin prisas.
El tiempo como ingrediente principal
Cultivar alubias es un ejercicio de paciencia.
No se pueden acelerar, no se pueden improvisar. Hay que observar, cuidar y aceptar que cada campaña es diferente.
En El Cabo, la alubia se recoge fresca, en su punto exacto. Por eso es un producto escaso. Por eso no siempre está disponible.
Aquí no se busca producir más, sino producir mejor.
Cada variedad tiene su momento, su textura, su uso en cocina.
Y cuando se termina la campaña, se espera a la siguiente.
Porque en El Cabo creemos que el verdadero valor no está en la cantidad, sino en el respeto por la tierra y por el tiempo.
Y eso, hoy, es un lujo.